Economía: Esclavitud moderna en India

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Desde su independencia del Imperio británico en 1947, India recorrió un largo camino hasta convertirse en una de las mayores economías del mundo, aunque gran parte de su población siguió enfrentando bajos salarios, trabajo informal y pobreza estructural.

India, el país más poblado del mundo, es también una de las economías más contradictorias del sistema internacional contemporáneo. Por un lado, es una potencia emergente con escala demográfica, industrial y tecnológica suficiente para disputar un lugar central en el siglo XXI; por otro, mantiene algunos de los indicadores de bienestar más bajos entre las economías del G20. En 2023, el Banco Mundial estimó que India tenía un PIB per cápita de aproximadamente 2,530 dólares, uno de los más bajos del grupo, mientras que su Índice de Desarrollo Humano (IDH) se situó en 0.685, ubicando al país alrededor del lugar 130 de 193 pais. Al mismo tiempo, distintos indicadores revelan niveles significativos de concentración económica: el 1% más rico concentra aproximadamente el 22.6% del ingreso nacional y cerca del 40.1% de la riqueza total del país.

La medición de esa desigualdad, sin embargo, requiere matices. El coeficiente de Gini (un indicador que mide la desigualdad económica de un país, donde 0 es igualdad total y 1 es desigualdad máxima) más citado por el gobierno —basado en el consumo y no en el ingreso o la riqueza— es bajo, en torno a 0.25, lo que tiende a subestimar la concentración real, porque las encuestas de consumo dejan fuera tanto a los más pobres como a los ultrarricos. Diversas estimaciones sugieren que, medido por ingreso, el Gini se sitúa entre 0.50 y 0.60, mientras que, bajo métricas de riqueza patrimonial, alcanza niveles cercanos a 0.75 u 0.82, reflejando uno de los mayores niveles de desigualdad económica del mundo. Esta diferencia entre mediciones ayuda a entender una de las grandes contradicciones de India: el país puede parecer «moderadamente desigual» en las estadísticas oficiales, mientras una parte enorme de la riqueza continúa concentrada en una pequeña élite económica.

Uno de los aspectos más oscuros de la desigualdad india aparece en el fenómeno de la esclavitud moderna. A pesar de que India se ha convertido en una potencia tecnológica, industrial y demográfica, distintos informes internacionales continúan señalando al país como el territorio con el mayor número absoluto de personas viviendo bajo condiciones de trabajo forzado o explotación extrema. De acuerdo con estimaciones del Global Slavery Index 2023, alrededor de 11 millones de personas en India viven bajo alguna forma de esclavitud moderna. Aunque otros países presentan una mayor proporción respecto a su población total, el tamaño demográfico de India hace que el volumen absoluto sea el más alto del mundo.

Gran parte de esta explotación ocurre dentro de sectores informales y rurales vinculados a cadenas de suministro de bajo costo. Una de las prácticas más comunes es el llamado trabajo por deuda, un sistema donde familias extremadamente pobres solicitan pequeños préstamos para comida, vivienda o atención médica y terminan atrapadas en ciclos laborales prácticamente imposibles de abandonar. En muchos casos, los intereses son manipulados o aumentan constantemente, haciendo que la deuda nunca desaparezca. En ciertas regiones rurales, estas obligaciones incluso llegan a heredarse entre generaciones, provocando que hijos y nietos continúen trabajando para saldar préstamos adquiridos décadas atrás. Sectores como fábricas de ladrillos, canteras, minería, agricultura informal y parte de la industria textil han sido señalados repetidamente por organizaciones internacionales debido al uso de mano de obra altamente vulnerable.

-La industrialización india estuvo marcada por mano de obra intensiva y enormes cadenas de producción manufacturera orientadas a los mercados globales.

Estas tensiones no anulan, sin embargo, las capacidades estructurales que India ha desarrollado. El país posee reservas internacionales cercanas a 700 mil millones de dólares, una de las mayores acumulaciones del mundo emergente. Es además el segundo mayor productor de acero crudo del planeta, con una producción anual de aproximadamente 145 a 150 millones de toneladas, impulsada por un ciclo expansivo de infraestructura ligado a ferrocarriles, puertos y desarrollo urbano. En energía, India es el tercer mayor consumidor mundial y ha avanzado en una transformación relevante de su matriz: cerca del 43% de su capacidad instalada proviene ya de fuentes no fósiles, es decir, de energías más limpias en lugar de carbón o petróleo, mientras mantiene el objetivo de alcanzar 500 GW de capacidad no fósil para 2030.

A ello se suman ventajas estratégicas en sectores menos visibles. India suministra alrededor del 20% del volumen mundial de medicamentos genéricos y produce cerca del 60% de las vacunas del mundo, lo que ha llevado a describirla como el «farmacéutico del mundo». En la economía digital, el sistema Unified Payments Interface (UPI) —un sistema estatal de pagos instantáneos desde el móvil, que permite transferir dinero o pagar a comercios al instante— ha convertido al país en líder global en pagos instantáneos, con volúmenes que superan los 18 mil millones de transacciones mensuales. India concentra hoy cerca del 49% de todos los pagos en tiempo real del mundo, casi la mitad del total global, lo que lo convierte en el mayor sistema de este tipo del planeta. Este liderazgo se apoya en una base de usuarios enorme: cientos de millones de indios con teléfono y acceso a internet que han adoptado el pago digital de forma masiva.

Esta combinación de fortalezas estratégicas y rezagos distributivos explica la paradoja central de la economía india. La controversia que surgió en 2025, cuando el Fondo Monetario Internacional estimó que India había superado marginalmente a Japón como la cuarta economía mundial —4.187 billones de dólares frente a 4.186 billones—, reflejó precisamente esa dualidad. La comparación resulta reveladora precisamente porque Japón tiene una población alrededor de once veces menor que la india.Vista en su conjunto, la economía de India es enorme y puede compararse con la de los países ricos; pero si se reparte esa riqueza entre sus más de 1.400 millones de habitantes, lo que le toca a cada persona es muy poco, y su nivel de vida, salud y bienestar siguen muy por detrás de los países desarrollados. Más que una contradicción accidental, esta brecha constituye uno de los rasgos estructurales del capitalismo indio contemporáneo.

La paradoja se observa con particular claridad en Mumbai, capital financiera del país y centro neurálgico del capitalismo indio. En esta ciudad conviven rascacielos corporativos, sedes financieras, grandes conglomerados y una de las mayores concentraciones de asentamientos informales del mundo. Se estima que entre 40% y 50% de la población de Mumbai —aproximadamente entre 9 y 10 millones de personas— vive en condiciones precarias, con hacinamiento extremo y deficiencias en el acceso a servicios básicos. Esta realidad refleja una desigualdad urbana profunda: la ciudad que concentra buena parte del poder financiero de India es también una de las expresiones más visibles de su crisis habitacional y social.

Esa desigualdad tiene su reverso exacto: la misma ciudad que concentra millones de personas en pobreza extrema es también la que acumula más grandes fortunas de India. Mumbai alberga alrededor de 90 multimillonarios —personas con un patrimonio de más de mil millones de dólares—, una de las cifras más altas del mundo, solo por detrás de Nueva York, Londres, Shanghái y Pekín. La razón está en lo que la ciudad concentra: allí tienen su sede los mayores conglomerados del país, como Reliance Industries y el Grupo Tata, junto con el Banco de Reserva de India, la Bolsa de Valores de Bombay y prácticamente todos los grandes bancos comerciales y fondos de inversión. Como los directivos, banqueros y dueños de esas empresas necesitan estar cerca de los mercados financieros, casi todos residen en la ciudad, lo que dispara la concentración de fortunas en el mismo lugar donde vive una de las mayores poblaciones urbanas en pobreza del planeta.

-El barrio marginal de Dharavi, en Mumbai, es uno de los lugares más densamente poblados del mundo: se estima que entre 700.000 y un millón de personas viven en poco más de 2 kilómetros cuadrados, muchas de ellas en pobreza extrema. Una población que en otras ciudades ocuparía decenas de kilómetros cuadrados se concentra aquí en el espacio de unos pocos barrios.

Entre esos conglomerados destaca Reliance Industries, el más importante de India y una de las empresas más influyentes del mundo emergente. Fundada en 1966 y con sede en Mumbai, Reliance se ha expandido desde sus orígenes industriales hacia un portafolio altamente diversificado que incluye energía, petroquímicos, telecomunicaciones, comercio minorista, servicios digitales, medios, entretenimiento, energías renovables y servicios financieros. Según la lista Forbes Global 2000 de 2025, basada en resultados financieros de 2024, Reliance reportó una utilidad neta cercana a 9.1 mil millones de dólares, lo que confirma su posición como uno de los conglomerados más rentables de Asia.

Aunque Reliance se presenta hoy como un grupo diversificado, su núcleo histórico y financiero sigue estando ligado a la energía y los petroquímicos, particularmente a la refinación de petróleo. Esta dimensión se volvió aún más relevante después de la invasión rusa de Ucrania. Antes de la guerra, India importaba una proporción marginal de su petróleo crudo desde Rusia, alrededor del 2% del total de sus importaciones petroleras, y dependía mayormente de proveedores de Medio Oriente como Irak y Arabia Saudita. Sin embargo, cuando la Unión Europea redujo drásticamente sus compras de crudo ruso y los países del G7 impusieron un tope al precio del petróleo ruso, Moscú comenzó a ofrecer descuentos significativos para atraer compradores alternativos. India aprovechó esa oportunidad y se convirtió en uno de los principales destinos del crudo ruso, solo por detrás de China: para finales de 2023, Rusia había pasado a cubrir cerca del 40% de sus importaciones de petróleo.

Reliance Industries fue una de las principales beneficiarias de esta reconfiguración. La empresa posee la refinería de Jamnagar, en el estado de Gujarat, considerada la refinería más grande del mundo. Su modelo consiste en importar crudo ruso con descuento, procesarlo en combustibles refinados —diésel, gasolina y combustible para aviones— y vender esos productos en mercados internacionales. Desde el punto de vista legal, las empresas indias podían comprar petróleo ruso porque India no se sumó plenamente al régimen de sanciones occidentales. Sin embargo, el esquema generó críticas internacionales porque los ingresos derivados de esas exportaciones contribuyen indirectamente a sostener la economía rusa en medio del conflicto con Ucrania.

El cambio fue tan profundo que algunas empresas indias llegaron a importar alrededor de la mitad de su crudo desde Rusia. En el caso de Reliance, esto fortaleció su rentabilidad en refinación, ya que el margen entre el precio de compra del crudo y el precio de venta de combustibles refinados aumentó considerablemente. Sin embargo, también la colocó bajo observación crítica por parte de Estados Unidos y la Unión Europea. Las nuevas restricciones europeas vinculadas al diésel y a productos refinados elaborados con crudo ruso, así como el endurecimiento de normas sobre seguros, transporte marítimo y buques sancionados, buscan hacer más costoso y riesgoso el comercio de petróleo ruso. Además, el gobierno estadounidense ha presionado a India mediante aranceles y medidas comerciales en respuesta a la continuidad de sus compras de crudo ruso con descuento.

India, en términos estructurales, es particularmente vulnerable en este terreno porque es el tercer consumidor de petróleo más grande del mundo, pero no es un gran productor. Según datos de 2024 del Ministerio de Petróleo y Gas Natural de India, el país importa aproximadamente entre el 85% y el 87% de sus necesidades de crudo. Su capacidad de refinación está dominada por un puñado de grandes empresas, la mayoría de ellas estatales —encabezadas por Indian Oil, Bharat Petroleum y Hindustan Petroleum—, mientras que en el sector privado Reliance es la principal refinadora y la que más se ha beneficiado de la importación de crudo ruso barato desde el inicio de la guerra.

Junto a Reliance aparece Nayara Energy, otra gran refinadora privada de India, aunque con una diferencia decisiva: su accionista mayoritario es la petrolera estatal rusa Rosneft, que posee alrededor del 49% de la empresa. Nayara opera la refinería de Vadinar, también en Gujarat, la segunda más grande del país después de Jamnagar, con una capacidad cercana a los 20 millones de toneladas anuales. Por su vínculo directo con Rusia, Nayara ha llegado a procesar casi exclusivamente crudo ruso, lo que llevó a la Unión Europea a sancionar la refinería en julio de 2025. El contraste con Reliance es revelador: mientras Reliance compra crudo ruso por conveniencia comercial, en Nayara el propio dueño es ruso, lo que confirma que el peso del petróleo de Rusia en la refinación india no se limita a una sola empresa ni a una sola motivación.

El caso de Nayara es especialmente sensible porque la empresa ha sido objeto de medidas restrictivas por parte de la Unión Europea. Sin embargo, el impacto de estas sanciones es más limitado que en el caso de Reliance, ya que Nayara exporta menos combustible refinado y destina una parte importante de su producción al mercado interno. Aun así, su exposición al crudo ruso confirma cómo las refinerías indias se han convertido en intermediarias clave dentro del nuevo mapa energético posterior a la guerra de Ucrania. India compra crudo ruso con descuento, lo refina y luego una parte de esos combustibles puede terminar abasteciendo mercados globales que ya no compran directamente petróleo ruso.

La concentración económica india también se expresa en el caso de Grupo Adani, uno de los conglomerados más importantes del país. Fundado en 1988 por Gautam Adani, el grupo se expandió rápidamente en sectores estratégicos como puertos, aeropuertos, energía termoeléctrica, energías renovables, transmisión eléctrica, gas, minería, cemento, logística, aceites comestibles, bienes raíces, carreteras, centros de datos y defensa. Su activo más emblemático es el puerto de Mundra, en Gujarat, el mayor puerto marítimo de India y una infraestructura clave para el comercio energético e industrial del país. Aunque Adani Group cuenta con más de 150 subsidiarias y empresas asociadas dentro y fuera de India, sus principales operaciones cotizan a través de nueve compañías listadas en bolsa.

El ascenso de Gautam Adani y del Grupo Adani generó enorme atención internacional. A finales de 2022, Adani llegó a convertirse momentáneamente en una de las personas más ricas del mundo y la más rica de India. Sin embargo, en 2023, Hindenburg Research, una firma estadounidense de análisis financiero, publicó un reporte en el que acusó al grupo de irregularidades graves, incluyendo el uso de empresas offshore, ocultamiento de transacciones con partes relacionadas e inflación artificial del valor de sus acciones. El informe provocó una caída drástica en el valor bursátil de las compañías del grupo, que llegaron a perder más de 100.000 millones de dólares en conjunto, y dañó la reputación financiera de Adani. Aunque no se han probado judicialmente todas las acusaciones ni existe una condena que confirme favoritismo ilegal por parte del gobierno indio, el caso abrió un debate profundo sobre la relación entre grandes conglomerados, mercados financieros y poder político en India.

La relación entre Grupo Adani y el gobierno del primer ministro Narendra Modi ha sido particularmente discutida. Diversos análisis han señalado que el grupo obtuvo contratos y concesiones en sectores estratégicos durante los años de gobierno de Modi, especialmente en infraestructura, puertos, aeropuertos, carreteras, energía y parques industriales. Según el reporte de Hindenburg, ciertas decisiones regulatorias y estatales habrían facilitado la participación del grupo en licitaciones o sectores donde antes tenía menor presencia. Aunque estas acusaciones no equivalen por sí mismas a una prueba concluyente de ilegalidad, sí alimentan la percepción de que algunos conglomerados indios han crecido dentro de un entorno de proximidad política y ventajas regulatorias.

En términos financieros, las principales subsidiarias del Grupo Adani también poseen una escala considerable. Según sus resultados anuales, Adani Power —la mayor generadora térmica privada de India— registró una utilidad neta cercana a los 1.500 millones de dólares en el ejercicio 2024-25 (unos 127.500 millones de rupias), tras haber alcanzado alrededor de 2.500 millones el año anterior. A ello se suman Adani Ports & Special Economic Zone, operadora del mayor puerto del país, y Adani Enterprises, el brazo que incuba los nuevos negocios del grupo —aeropuertos, carreteras, centros de datos y defensa—, ambas con beneficios sustanciales. Estas cifras muestran que Adani no es un actor marginal, sino uno de los núcleos del capitalismo de infraestructura en India

Adani también se vincula indirectamente con la reconfiguración petrolera posterior a la guerra de Ucrania. A diferencia de Reliance o Nayara, su papel no se concentra en la refinación, sino en la logística portuaria. Al controlar Mundra y otros puertos estratégicos, el grupo participa en la infraestructura que permite manejar grandes volúmenes de importaciones energéticas, incluido crudo ruso. De acuerdo con Reuters, Adani emitió órdenes para impedir la entrada de buques sancionados por la Unión Europea, Reino Unido y Estados Unidos en sus quince puertos. No obstante, distintos reportes han señalado que buques sancionados han vuelto a ser observados descargando petróleo ruso en Mundra. Esto refleja la complejidad de aplicar sanciones en cadenas globales donde participan navieras, intermediarios, aseguradoras, refinerías y operadores portuarios.

Frente a los casos de Reliance y Adani, el Grupo Tata ocupa un lugar distinto en la historia económica india. Fundado en 1868, Tata es el conglomerado más antiguo y reputado del país, asociado no solo con la expansión empresarial, sino con la construcción industrial de India. A diferencia de otros grupos contemporáneos percibidos como agresivos, monopolísticos o políticamente vinculados, Tata suele presentarse como un conglomerado con mayor legitimidad social, en parte por su historia filantrópica y su contribución al desarrollo nacional.

Grupo Tata está presente en sectores como automóviles, tecnologías de la información, acero, energía, productos químicos, bienes de consumo, hotelería, aeroespacial, defensa, telecomunicaciones, finanzas, comercio minorista y aviación. Entre sus hitos históricos se encuentra la construcción de la primera gran fábrica de acero de India y la adquisición de Jaguar y Land Rover a Ford en 2008 mediante Tata Motors. Aunque el conglomerado es extremadamente diversificado, su sector más importante en términos contemporáneos es el de tecnologías de la información, especialmente a través de Tata Consultancy Services, seguido por automóviles y acero.

Según los resultados de sus principales empresas cotizadas correspondientes al ejercicio 2023-24, Tata Consultancy Services obtuvo una utilidad neta cercana a los 5.700 millones de dólares, y Tata Motors alrededor de 3.800 millones, en un año récord impulsado por Jaguar Land Rover. Tata Power aportó cerca de 490 millones de dólares, mientras que Tata Steel atravesó un año difícil y cerró con pérdidas, afectada por sus operaciones en el Reino Unido y Europa. Estas cifras colocan a Tata entre los grupos empresariales más relevantes de India, pero su importancia no depende únicamente de su tamaño, sino de su estructura institucional.

La reputación de Tata se remonta a su fundador, Jamsetji Tata, considerado una de las figuras fundacionales de la filantropía empresarial moderna. Según el informe ‘Philanthropists of the Century’ de EdelGive y Hurun (2021), es el mayor filántropo del último siglo, con donaciones ajustadas valoradas en unos 102 mil millones de dólares, por delante de figuras como Bill Gates, Warren Buffett o John D. Rockefeller. La diferencia central es que la familia Tata institucionalizó su fortuna en fideicomisos filantrópicos: aproximadamente el 66% de Tata Sons, la sociedad holding del grupo, pertenece a fundaciones como el Sir Dorabji Tata Trust y el Sir Ratan Tata Trust. Esto significa que una parte sustancial de los dividendos generados por empresas como TCS, Tata Steel, Tata Motors o Tata Power se canaliza hacia programas educativos, científicos, médicos y sociales.

Este modelo convierte a Tata en un caso excepcional dentro del capitalismo indio. Mientras Reliance y Adani suelen aparecer vinculados a debates sobre concentración, poder regulatorio, acceso preferencial y desigualdad, Tata mantiene una imagen de conglomerado nacional con vocación institucional y filantrópica. Esto no significa que opere fuera de la lógica de mercado ni que carezca de poder económico, pero sí que su legitimidad pública se construyó de manera distinta. En una economía donde la concentración empresarial genera desconfianza, Tata funciona como un contrapeso reputacional frente a la percepción de que el crecimiento de ciertos grupos depende más de vínculos políticos que de competencia abierta.

La economía india contemporánea, por tanto, no puede leerse únicamente como una historia de crecimiento acelerado. Es también una historia de contrastes profundos. India puede superar a Japón en tamaño nominal de PIB, pero seguir teniendo el ingreso per cápita más bajo del G20. Puede producir conglomerados globales como Reliance, Adani y Tata, pero mantener ciudades como Mumbai con decenas de millones de personas viviendo en condiciones de precariedad. Puede beneficiarse geopolíticamente de los descuentos del crudo ruso, pero al mismo tiempo quedar expuesta a presiones de Estados Unidos y la Unión Europea. Puede contar con grupos empresariales de escala mundial, pero seguir enfrentando debates sobre concentración, desigualdad y acceso desigual a los beneficios del crecimiento.

Desde esta perspectiva, India representa una de las paradojas centrales del capitalismo emergente del siglo XXI: una economía suficientemente grande para alterar rankings globales y cadenas energéticas internacionales, pero aún marcada por desigualdades sociales extremas y una concentración empresarial significativa. Su desarrollo no puede entenderse solo por el crecimiento de su PIB, sino por la forma en que ese crecimiento se distribuye, por quién captura sus beneficios y por cómo sus conglomerados articulan relaciones con el Estado, los mercados globales y la sociedad india.

Esta desigualdad económica en India tiene raíces profundas que se remontan tanto a las jerarquías sociales y políticas de la era precolonial como al sistema extractivo consolidado durante la India británica. El subcontinente indio estuvo durante siglos organizado bajo distintas formas de autoridad imperial, monárquica y regional, mucho antes de convertirse en una colonia británica. Por ello, la desigualdad india contemporánea no puede explicarse únicamente por el colonialismo europeo, aunque este la profundizó de manera decisiva, sino por una acumulación histórica de estructuras jerárquicas, concentración territorial, dominación política y extracción fiscal que atravesaron tanto la era mogola como el periodo colonial.

Históricamente, el subcontinente indio ha estado marcado por una diversidad religiosa, cultural y política muy compleja. Aunque el hinduismo ha sido la tradición religiosa mayoritaria, buena parte del periodo medieval y precolonial estuvo dominado por dinastías islámicas de origen centroasiático. La más importante de ellas fue el Imperio mogol (1526–1857), fundado en 1526 tras la victoria de Babur en la Primera Batalla de Panipat y la conquista de Delhi, la ciudad del norte de India donde hoy se ubica Nueva Delhi, la capital del país. Los mogoles, de origen turcomongol y procedentes de Asia Central, construyeron una de las estructuras imperiales más poderosas de la historia del subcontinente, heredando y desplazando gradualmente a las formaciones políticas previas, incluido el Sultanato de Delhi, que desde 1206 había representado una de las principales formas de dominio islámico en el norte de India.

Durante su apogeo, especialmente entre los siglos XVI y XVII, el Imperio mogol logró integrar gran parte del subcontinente bajo una autoridad imperial relativamente centralizada. A principios del siglo XVIII, su influencia territorial alcanzó su máxima extensión, convirtiéndose en uno de los mayores imperios del mundo. Su poder no descansaba únicamente en la conquista militar, sino en una compleja estructura fiscal, agrícola, administrativa y comercial. La India mogola fue uno de los grandes centros manufactureros del mundo preindustrial, particularmente en textiles de algodón, seda, artesanías de lujo y producción agrícola. En términos de población, recaudación fiscal y capacidad manufacturera, el imperio llegó a competir con las mayores economías de su tiempo, incluida la China Ming y posteriormente Qing.

-El poder mogol transformó a la India en una de las civilizaciones más ricas y monumentales de su tiempo.

El Imperio mogol también dejó una huella cultural monumental. Su símbolo más conocido es el Taj Mahal, construido en el siglo XVII en Agra y reconocido actualmente como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo. Sin embargo, detrás de esa imagen de esplendor arquitectónico existía una sociedad profundamente jerárquica. Las relaciones entre las élites musulmanas gobernantes y la mayoría hindú variaron según el emperador y la región. Bajo Akbar, por ejemplo, hubo políticas de integración y relativa tolerancia religiosa; bajo otros gobernantes, especialmente Aurangzeb, se intensificaron tensiones mediante medidas como la reimplantación del impuesto jizya a los no musulmanes, conflictos con élites hindúes y episodios de destrucción o apropiación de templos. Por ello, la experiencia hindú bajo los mogoles no fue uniforme: en algunas regiones hubo integración administrativa y movilidad de ciertas élites; en otras, marginación religiosa, exclusión política y subordinación fiscal.

El colonialismo británico en India tampoco fue un evento repentino, sino un proceso gradual desarrollado a lo largo de más de dos siglos. Comenzó con una presencia inglesa localizada en puertos costeros, donde la Compañía Británica de las Indias Orientales —East India Company, o EIC— estableció puestos comerciales bajo autorización de las autoridades locales. En sus primeras décadas, la EIC no era todavía un poder soberano, sino una corporación mercantil con carta real que dependía de permisos, concesiones y acuerdos con gobernantes indios. Su interés inicial se centraba en mercancías de alta demanda en Europa, como pimienta negra, textiles de algodón, seda, índigo y otros productos manufacturados.

Cuando la EIC llegó a India a comienzos del siglo XVII, el Imperio mogol todavía se encontraba en una posición dominante. La Compañía tenía que operar bajo la autoridad política del emperador mogol y de sus funcionarios regionales. Sus comerciantes no podían imponer condiciones por sí solos: debían negociar permisos, pagar aranceles y respetar las reglas de las autoridades indias. A mediados del siglo XVII, la estrategia británica evolucionó hacia una presencia más estable mediante la creación de factorías comerciales, que eran almacenes fortificados donde residían agentes de la Compañía, se acopiaban mercancías y se preparaban exportaciones hacia Europa.

Durante este periodo, la EIC consolidó una red de enclaves mercantiles que más tarde se convertirían en centros estratégicos del dominio británico. Madrás fue establecida en 1639 mediante concesiones otorgadas por autoridades locales; Bombay pasó a la Corona británica como parte de la dote portuguesa de Catalina de Braganza y fue arrendada a la Compañía en 1668; Calcuta se desarrolló desde 1690 tras acuerdos con autoridades provinciales en Bengala. En esa etapa, estas plazas no eran todavía territorios plenamente soberanos británicos, sino enclaves comerciales sujetos a la tolerancia, negociación y buena voluntad de los poderes indios.

La evolución de Bombay resulta particularmente importante. Lo que comenzó como una pequeña isla bajo control portugués y luego británico se transformó, gracias a su puerto de aguas profundas, en una de las puertas de entrada más importantes al subcontinente desde el oeste. Esta ventaja geográfica, consolidada durante el dominio colonial, sentó las bases para que Bombay —actual Mumbai— se convirtiera en el centro financiero, comercial y logístico de la India contemporánea. La paradoja es que la misma ciudad que heredó esa centralidad colonial es hoy también uno de los espacios urbanos donde más claramente conviven riqueza corporativa extrema y precariedad masiva.

La transformación de la EIC de una entidad mercantil a un poder territorial soberano se conoce como Company Raj o Gobierno de la Compañía, periodo que se extendió de 1757 a 1858. Esta metamorfosis no fue una conquista militar súbita de todo el subcontinente, sino un proceso de erosión institucional, captura fiscal y manipulación política. La Compañía desarrolló sus propios ejércitos, integrados en gran parte por soldados indios conocidos como cipayos, inicialmente destinados a proteger factorías y rutas comerciales, pero que progresivamente fueron utilizados para intervenir en conflictos dinásticos, guerras regionales y disputas sucesorias.

El declive del Imperio mogol abrió el espacio para esta expansión. A medida que la autoridad central se debilitaba, el subcontinente se fragmentó en una constelación de poderes regionales: el Imperio Maratha en el centro y oeste, Mysore en el sur, el Nizam de Hyderabad en el Decán, el Imperio Sij en el noroeste y numerosos estados Rajput en el oeste. En este escenario, la EIC dejó de actuar como simple comerciante subordinado y comenzó a operar como árbitro militar y financiero entre poderes rivales. Su estrategia fue profundamente pragmática: aliarse con un reino para debilitar a otro, financiar ejércitos locales, imponer tratados y luego convertir a los antiguos aliados en dependientes políticos.

Uno de los mecanismos más importantes fue el sistema de alianzas subsidiarias. Bajo este esquema, la EIC ofrecía protección militar a gobernantes locales a cambio de que estos financiaran tropas británicas, aceptaran asesores o residentes políticos y renunciaran a parte de su autonomía exterior. En apariencia, los príncipes conservaban sus tronos; en la práctica, su soberanía quedaba limitada desde dentro. Este modelo permitió a la Compañía expandir su influencia sin administrar directamente cada territorio desde el inicio.

El punto de inflexión definitivo ocurrió en 1757, con la Batalla de Plassey y la toma de control de Bengala. A partir de ese momento, la EIC comenzó a ejercer poder político de facto sobre una de las regiones más ricas del subcontinente. En 1765, mediante la obtención del derecho de Diwani sobre Bengala, Bihar y Orissa, la Compañía adquirió la facultad de recaudar impuestos. Este hecho transformó radicalmente su modelo económico. Antes, la Compañía necesitaba enviar metales preciosos desde Europa para comprar productos indios; después, podía utilizar la propia riqueza fiscal de India para financiar sus compras, mantener ejércitos, pagar funcionarios y transferir dividendos a Londres. Esta inversión del ciclo comercial convirtió a India en una fuente de financiamiento de su propio sometimiento.

A principios del siglo XIX, la EIC ya había derrotado o subordinado a sus principales rivales militares. Mysore había sido vencido tras varias guerras, los marathas fueron derrotados en sucesivas campañas y el Imperio Sij cayó tras las Guerras Anglo-Sijs. Para 1857, difícilmente quedaba en India una fuerza capaz de expulsar por sí sola a los británicos. Gran parte del subcontinente estaba bajo administración directa de la Compañía o dentro de su esfera de influencia.

La rebelión de 1857, también conocida como el Motín de los Cipayos o Primera Guerra de Independencia india, marcó el fin del gobierno corporativo de la EIC. Tras la represión de la rebelión, la Corona británica disolvió el gobierno de la Compañía y asumió control directo sobre India en 1858. Con ello comenzó el periodo conocido como la India británica o Raj Británico (1858–1947), una etapa en la que el dominio imperial adquirió una estructura dual que combinaba control directo e indirecto.

Esa estructura dual funcionaba de dos maneras. Por un lado, existían las provincias británicas —como Bengala, Madrás y Bombay—, territorios conquistados e incorporados bajo administración directa de la Corona, donde el poder colonial controlaba la recaudación fiscal, la justicia, la policía y el aparato burocrático; en estos espacios se consolidó la forma más clásica de colonización directa. Por otro lado, subsistieron los llamados estados principescos, donde maharajás, nawabs y otras élites locales conservaron formalmente sus tronos, sus instituciones internas y ciertos márgenes de autonomía. Sin embargo, esa autonomía era relativa: aunque mantenían burocracias propias, leyes locales y formas tradicionales de gobierno, estos estados operaban dentro de una relación de subordinación política frente al poder británico, como aliados forzosos integrados en la arquitectura imperial. De este modo, el Raj no se sostuvo únicamente por anexión territorial directa, sino también mediante una combinación de administración colonial y control indirecto sobre autoridades indígenas.

-La India se convirtió en uno de los principales pilares del Imperio Británico durante el siglo XIX.

Los estados principescos no eran plenamente independientes. Eran entidades semiautónomas integradas en la arquitectura imperial mediante tratados, residentes británicos, restricciones militares y subordinación en política exterior. Tras 1857, los británicos abandonaron en buena medida las anexiones más agresivas y optaron por preservar a los príncipes leales, utilizándolos como intermediarios para estabilizar territorios y contener resistencias. Este sistema fue conocido como Paramountcy o Supremacía británica: los príncipes conservaban autoridad interna limitada, pero la soberanía efectiva sobre defensa, relaciones exteriores y decisiones estratégicas pertenecía al poder imperial.

Durante la India británica existieron alrededor de 565 estados principescos. En conjunto, ocupaban aproximadamente el 40% del territorio y gobernaban a cerca de 93 millones de personas, casi un tercio de la población total. Esta estructura permitió al Raj gobernar un territorio inmenso sin administrar directamente cada región. El imperio se sostenía no solo por soldados y burócratas, sino por una red de élites indígenas subordinadas, interesadas en preservar sus privilegios dentro del orden británico.

Esta estructura no solo organizaba el territorio, sino también el prestigio político dentro del sistema imperial. La jerarquía entre los estados principescos se institucionalizó mediante el sistema de saludos de cañón, que dividía a los estados entre aquellos con derecho a saludo (Salute States) y aquellos sin derecho a saludo (Non-Salute States). En la cúspide se encontraban los principados con derecho a veintiún cañonazos, el rango máximo dentro del sistema. Solo cinco estados —Hyderabad, Mysore, Jammu y Cachemira, Gwalior y Baroda— recibían este honor, lo que colocaba a sus gobernantes en una posición de prestigio excepcional frente al resto de la nobleza india. Por debajo de ellos existía una escala descendente de diecinueve, diecisiete, quince, trece, once y nueve cañonazos; cada reducción implicaba una pérdida proporcional de estatus político y ceremonial. Así, un príncipe reconocido con nueve cañonazos ocupaba una posición claramente inferior frente a uno de diecisiete o diecinueve. Este sistema, lejos de ser meramente protocolario, funcionaba como un mecanismo de disciplina política y jerarquización dentro del orden imperial.

La importancia de este sistema no era meramente simbólica. Determinaba precedencias en ceremonias oficiales, cercanía al virrey, tratamiento protocolario y prestigio entre gobernantes. Los príncipes podían aspirar a mejorar su rango mediante demostraciones de lealtad, donaciones a campañas imperiales, apoyo militar o reformas favorables a los intereses británicos. También podían ser castigados con una reducción de saludo, lo que constituía una humillación pública. Así, el favor imperial se ganaba o se perdía, y los príncipes quedaban atrapados en una competencia permanente por agradar a la Corona.

Durante la India británica, la calidad de vida no puede entenderse únicamente a partir de la infraestructura introducida por el imperio —ferrocarriles, telégrafos, códigos legales, censos, universidades o sistemas administrativos—, sino también desde las jerarquías raciales, económicas y políticas que estructuraban la vida cotidiana. En las provincias administradas directamente por los británicos, los indios quedaron frecuentemente subordinados dentro de su propio territorio. La exclusión de clubes, vagones, barrios, cargos administrativos superiores y espacios de decisión reflejaba una jerarquía racial que, aunque no siempre codificada en una sola ley, funcionaba socialmente como segregación colonial.

En contraste, algunos estados principescos ofrecían una realidad más ambigua. Muchos eran autocráticos, desiguales y dependientes de la supremacía británica, pero conservaban aparatos administrativos indios. En ciertos principados, un individuo local con educación, talento o conexiones podía aspirar a cargos altos como el de Dewan —jefe de la administración de un estado principesco indio—, comandante militar o administrador superior, es decir, los puestos más altos por debajo del propio gobernante, algo mucho más limitado en las provincias bajo control directo británico durante buena parte del siglo XIX. Por eso la experiencia variaba enormemente de un lugar a otro: no era lo mismo para una persona india vivir en un estado principesco rico y bien gobernado que en uno pobre, ni pertenecer a una familia acomodada que a una humilde.

En términos generales, algunos estados principescos grandes y bien administrados podían ofrecer condiciones relativamente más favorables para ciertos sectores de la población india que las provincias británicas de administración directa. Una de las razones era el llamado drenaje de riqueza (Drain of Wealth): la transferencia sistemática de recursos desde India hacia Gran Bretaña mediante impuestos, pagos administrativos, pensiones, intereses de deuda, salarios de funcionarios británicos y costos militares imperiales. En las provincias británicas, una parte significativa de la riqueza local se drenaba hacia Londres. En los principados, aunque el gobernante podía ser autoritario o extravagante, una mayor proporción de los ingresos tendía a permanecer dentro del territorio, circulando mediante obras públicas, patronazgo religioso, cortes locales, empleos administrativos y mercados regionales.

Con todo, el hecho de que la vida de un indio pudiera ser mejor en ciertos estados principescos que en las provincias británicas no debe idealizarse. Esto no significa que los estados principescos fueran democráticos o igualitarios: también reproducían desigualdad, jerarquías de casta, privilegios aristocráticos y concentración de poder. La paradoja del Raj fue que la administración directa británica podía ser más moderna en infraestructura, pero también más extractiva y racialmente excluyente, mientras que ciertos principados ofrecían mayor continuidad social, oportunidades administrativas para las élites indias y una economía local menos drenada hacia Londres.

En términos estructurales, la India ocupó un lugar excepcional dentro del Imperio británico. No era simplemente una posesión colonial más, sino el núcleo financiero, militar y estratégico del sistema imperial. Por ello fue conocida como la “Joya de la Corona”: no como una simple metáfora ornamental, sino como una forma de reconocer que el poder británico dependía profundamente del dominio sobre el subcontinente. Sin la India, difícilmente el Reino Unido habría alcanzado el mismo grado de influencia mundial, pues el control sobre este territorio le permitió financiar guerras, abastecer industrias, asegurar materias primas, controlar rutas comerciales y proyectar poder militar mucho más allá de Europa.

Desde el punto de vista económico, India funcionó como una fuente fundamental de extracción financiera. A través de mecanismos como los llamados Home Charges —los pagos que India debía enviar cada año a Londres para cubrir gastos administrativos, pensiones de funcionarios británicos, intereses de deuda y costos del funcionamiento imperial—, una parte importante de la riqueza generada en el subcontinente era transferida a Gran Bretaña. Al mismo tiempo, India se convirtió en un mercado cautivo para los productos manufacturados británicos, especialmente los textiles producidos en ciudades como Mánchester. Este proceso favoreció la industrialización británica, pero debilitó profundamente a la producción artesanal india, que durante siglos había sido una de las más sofisticadas del mundo. El declive fue mucho más amplio que el textil: según los cálculos del economista Angus Maddison, la participación de India en el conjunto de la economía mundial pasó de cerca del 24% en 1700 a poco más del 4% en 1950.

La importancia económica de India también se reflejó en sus materias primas estratégicas. El algodón alimentaba las fábricas textiles británicas; el yute de Bengala era esencial para sacos, cuerdas y embalajes en una economía global basada en comercio marítimo; el índigo abastecía a la industria textil antes de la expansión de los tintes químicos; y el té indio permitió a Gran Bretaña reducir su dependencia del suministro chino. A esto se sumó el opio, uno de los elementos más oscuros del sistema imperial: cultivado en India y vendido en China, permitió a los británicos obtener plata y financiar parte del comercio asiático, especialmente la compra de té. Así, India no solo aportaba bienes de consumo, sino recursos esenciales para la reproducción del poder industrial y comercial británico.

En el plano militar, India funcionó como el gran cuartel oriental del imperio. El Ejército de la India proporcionó a Gran Bretaña una enorme reserva de soldados profesionales financiados, en buena medida, con impuestos recaudados en el propio subcontinente. Esto permitió al Reino Unido proyectar fuerza en Asia, África y Medio Oriente sin depender exclusivamente de tropas metropolitanas ni de contribuyentes británicos. Tropas indias participaron en campañas imperiales en Egipto, China, el sudeste asiático y, más tarde, en la Primera y Segunda Guerra Mundial. India no era solo una fuente de ingresos: era también el músculo militar que sostenía la presencia británica en varios continentes.

Su posición geográfica reforzaba su valor estratégico. Situada en el centro del Océano Índico, India conectaba rutas comerciales entre Europa, Medio Oriente, África oriental, China, Japón y Australia. Controlar India significaba dominar uno de los ejes marítimos más importantes del mundo. Por esa razón, buena parte de la política exterior británica del siglo XIX giró en torno a proteger las rutas hacia el subcontinente: el interés por Egipto y el Canal de Suez, la presencia en el Golfo Pérsico, la consolidación de Singapur y la vigilancia sobre el océano Índico respondían, en gran medida, a la necesidad de asegurar el acceso a India.

El valor simbólico de India para el Imperio Británico también fue enorme. La proclamación de la reina Victoria como Emperatriz de la India en 1876 elevó el prestigio imperial de la Corona y otorgó a la monarquía británica una dimensión comparable, en términos simbólicos, a los grandes imperios históricos. Con India, el Reino Unido dejaba de ser solamente una potencia insular europea y se presentaba como el centro de un imperio global.

En conjunto, India proporcionó dinero para las finanzas imperiales, soldados para las guerras británicas, materias primas para sus fábricas, consumidores para sus manufacturas y una posición geográfica indispensable para controlar las rutas asiáticas. Sin India, la maquinaria imperial británica habría sido mucho más limitada en recursos, alcance y capacidad de proyección mundial.

Ese mismo peso, que durante casi dos siglos sostuvo al imperio, terminó volviéndose insostenible. La independencia de India en 1947 no fue resultado de un solo acontecimiento, sino la culminación de un proceso en el que convergieron el desgaste económico del Imperio británico, la presión del nacionalismo indio, las consecuencias humanas de la Segunda Guerra Mundial y la imposibilidad creciente de sostener un régimen colonial sobre una población movilizada. Después de haber sido presentada durante décadas como la ‘Joya de la Corona’, India se convirtió hacia mediados del siglo XX en un territorio políticamente ingobernable y financieramente cada vez más costoso para una Gran Bretaña debilitada por dos guerras mundiales.

El impacto de las guerras fue decisivo. Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, millones de indios participaron en los ejércitos imperiales británicos, combatiendo en Europa, África, Medio Oriente y Asia. Muchos regresaron con entrenamiento militar, mayor conciencia política y una percepción distinta del poder imperial. La autoridad británica, antes presentada como invencible, aparecía ahora desgastada. Al mismo tiempo, la Segunda Guerra Mundial dejó a Gran Bretaña en una situación financiera crítica, en la que ya no podía mantener el control militar y administrativo sobre un subcontinente atravesado por huelgas, protestas y movilización nacionalista.

La relación económica también se transformó. Durante la guerra, el esfuerzo imperial dependió en gran medida de recursos, suministros y financiamiento procedentes de India, hasta el punto de que Gran Bretaña acumuló deudas importantes con su propia colonia. A ello se sumó una crisis moral profunda: la Hambruna de Bengala de 1943, una de las mayores crisis de hambre masiva de la historia. Se estima que entre 1.5 y 4 millones de civiles bengalíes murieron por desnutrición y enfermedades. No fue una catástrofe natural: el gobierno colonial destinó los alimentos indios al esfuerzo de guerra, retiró arroz y embarcaciones de la costa bengalí para que no cayeran en manos japonesas, y Londres rechazó una y otra vez los envíos de ayuda alimentaria que las autoridades de India solicitaban. Para los nacionalistas indios, Bengala mostró que el colonialismo británico no solo era extractivo, sino incapaz de proteger la vida de la población que decía gobernar.

En paralelo, el movimiento nacionalista había convertido la independencia en una demanda imposible de ignorar. Mahatma Gandhi desempeñó un papel central al transformar la resistencia anticolonial en un movimiento de masas basado en la desobediencia civil, el boicot económico y la no violencia. Sus campañas cuestionaron la autoridad británica no solo desde la política, sino desde la moral: si el imperio decía gobernar en nombre del orden y la civilización, Gandhi exhibió la contradicción entre ese discurso y la realidad de la dominación colonial. Junto con el Congreso Nacional Indio, el principal partido nacionalista, y otros actores políticos, el gandhismo hizo que India fuera cada vez más difícil de gobernar sin recurrir a una represión masiva que Gran Bretaña ya no podía costear ni justificar plenamente ante el mundo de posguerra.

La independencia también implicó resolver el problema de los estados principescos. Cuando los británicos decidieron retirarse, los tratados que ataban a los más de 500 estados principescos a la Corona dejaron de tener vigencia, y en teoría cada uno quedaba libre para decidir su futuro. Para la nueva India, eso representaba un riesgo existencial, pues podía fragmentar el subcontinente en múltiples pequeños reinos. La integración fue encabezada principalmente por Sardar Patel, dirigente del Congreso Nacional Indio, que combinó negociación, presión política e incentivos económicos para incorporarlos al mapa de la nueva república. A muchos gobernantes se les permitió conservar títulos y privilegios ceremoniales, pero perdieron definitivamente su poder político efectivo.

-La Estatua de la Unidad, en el estado de Gujarat, representa a Sardar Patel y es la estatua más alta del mundo: con 182 metros, casi duplica a la Estatua de la Libertad de Nueva York. Refleja el papel decisivo que tuvo Patel en la formación de la República de India.

De este modo, el fin del colonialismo británico en el subcontinente significó no solo la retirada de una potencia extranjera, sino también la desaparición gradual del sistema principesco que había servido como una de las columnas del dominio imperial indirecto. La independencia cerró el ciclo de la India británica, pero lo hizo en medio de tensiones enormes: la partición entre India y Pakistán, la violencia comunitaria, los desplazamientos masivos y la necesidad de construir un Estado nacional sobre las ruinas de una arquitectura colonial profundamente desigual. Aun así, el resultado fue histórico: el territorio que durante casi dos siglos había sido uno de los principales pilares financieros, militares y simbólicos del Imperio británico se convirtió en una nación soberana.

La “Joya de la Corona” dejó de ser el centro del poder imperial británico y pasó a convertirse en el núcleo de uno de los proyectos poscoloniales más importantes del siglo XX. Esa herencia histórica —imperial, colonial, fiscal, militar y social— ayuda a explicar por qué la India contemporánea combina ambición global, escala económica y capacidades estratégicas con desigualdades persistentes, tensiones distributivas y una estructura social profundamente marcada por los legados de su pasado.

Fuentes y referencias

  • “India’s Economic Liberalization and Industrial Growth”, artículo económico disponible en el portal del World Bank.
  • “India: Economy and Industrial Development”, Encyclopaedia Britannica.
  • “The Rise of India’s Service Economy”, United Nations Development Programme (UNDP).
  • “Economic Reforms and Market Liberalization in India”, Reserve Bank of India (RBI).
  • “India and Globalization: Economic Transformation Since 1991”, Delhi School of Economics.
  • “Industrialization and Labor in Modern India”, Jawaharlal Nehru University (JNU).
  • “Informal Labor and Modern Slavery Risks in India”, International Labour Organization (ILO).
  • “Forced Labour and Supply Chains in South Asia”, United Nations Office on Drugs and Crime (UNODC).
  • “Child Labour and Informal Industry in India”, UNICEF India.
  • “India’s Manufacturing Expansion and Labor Challenges”, Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD).
  • “Economic Inequality and Informal Employment in India”, World Inequality Database.
  • “The Growth of India’s Technology Sector”, Indian Institute of Technology (IIT Delhi).
  • “Poverty Reduction and Economic Expansion in India”, Asian Development Bank (ADB).
  • “Modern Slavery and Debt Bondage in India”, Walk Free Foundation — Global Slavery Index.
  • “Urbanization and Industrial Development in India”, University of Delhi.
  • World Bank — India Data & Economic Indicators.
  • United Nations — India Development Reports.
  • Encyclopaedia Britannica — India.
  • Encyclopaedia Britannica — Economy of India.
  • Encyclopaedia Britannica — British Raj.
  • Encyclopaedia Britannica — Tata Group.
  • Encyclopaedia Britannica — Mughal Empire.
  • Encyclopaedia Britannica — Mughal dynasty.

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