Economía: Corea del Sur en extinción

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Corea del Sur pasó de la pobreza a convertirse en una superpotencia tecnológica, pero hoy enfrenta una crisis poblacional que amenaza su futuro económico.

Corea del Sur es hoy una de las economías más avanzadas del mundo, pero también una de las sociedades desarrolladas con mayores tensiones demográficas y sociales. El país combina altos niveles de ingreso, capacidad tecnológica y presencia global con problemas inusuales por su intensidad dentro del mundo desarrollado: una de las tasas de fertilidad más bajas del planeta, una de las tasas de suicidio más elevadas entre economías avanzadas, altos niveles de endeudamiento de los hogares y una presión educativa y laboral extraordinaria. Muchos analistas sostienen que estos problemas están vinculados a una economía cuasi oligárquica que depende significativamente de un número reducido de empresas, como Samsung, Hyundai y LG. En este sentido, estos fenómenos no pueden explicarse únicamente como problemas culturales o demográficos aislados, sino como parte de una estructura económica altamente concentrada, donde una proporción significativa del poder productivo, laboral y financiero se organiza en torno a grandes conglomerados familiares conocidos como chaebols.

Según el Economic Report 2025 de la Secretaría de Estado de Economía de Suiza (SECO) sobre Corea del Sur, los principales conglomerados del país —Samsung, LG, Hyundai y SK Group— generaban ventas equivalentes a cerca del 40% del PIB nominal de Corea del Sur en 2024, es decir, del valor total de su economía, que rondaba los 1.79 billones de dólares. Esta cifra resulta excepcional incluso entre países desarrollados. Japón podría ser el caso más cercano por su tradición de grandes grupos empresariales, como Mitsubishi, Sumitomo o Mitsui; sin embargo, su economía es considerablemente más grande y diversificada, y el peso de sus principales conglomerados se encuentra mucho más disperso. En otras palabras, Japón también tiene grandes corporaciones históricas, pero no presenta una concentración comparable a la de Corea del Sur, donde tan pocos grupos pueden representar una proporción tan elevada de la economía nacional.

-Con ingresos equivalentes a cerca del 20% del tamaño de la economía surcoreana, Samsung tiene tal presencia en la vida diaria que muchos ciudadanos llaman en broma a su país la «República de Samsung».

Esta concentración económica tiene consecuencias sociales profundas. En Corea del Sur, muchas de las oportunidades laborales más prestigiosas, estables y mejor remuneradas se encuentran dentro de los grandes chaebols. Para millones de jóvenes, ingresar a Samsung, Hyundai, LG o SK Group no representa simplemente obtener un empleo, sino acceder a una ruta de movilidad social, seguridad económica y reconocimiento familiar. El problema es que, cuando las mejores oportunidades se concentran en un número reducido de empresas, la competencia por entrar a ellas se vuelve extrema. Esto intensifica la presión académica, eleva la importancia de las universidades de élite, aumenta el gasto familiar en educación privada y convierte la vida profesional en una carrera de alta exigencia desde edades tempranas.

En ese contexto, la baja natalidad y los problemas de salud mental no pueden separarse completamente del modelo económico. Corea del Sur registra la tasa de fertilidad más baja del mundo, alrededor de 0.75 hijos por mujer en 2024, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2.1. Al mismo tiempo, mantiene una de las tasas de suicidio más altas entre los países desarrollados, con aproximadamente 24–26 muertes por suicidio por cada 100,000 habitantes, fenómeno frecuentemente asociado a la extrema presión académica y laboral presente en la sociedad surcoreana. La concentración de oportunidades, las largas jornadas laborales, el alto costo de la vivienda, la presión educativa y la dificultad para conciliar carrera profesional y vida familiar han creado un entorno en el que formar una familia se percibe cada vez más como una carga económica y social. De acuerdo con el Ranking de Competitividad Mundial 2025 del IMD, Corea del Sur se ubicó en la posición 27 a nivel global, después de haber estado en el lugar 20  —una posición más competitiva— apenas unos años antes, lo que refleja señales de desgaste dentro de un modelo que durante décadas fue presentado como ejemplo de desarrollo exitoso.

Frente a esta crisis demográfica, el Estado surcoreano ha implementado una amplia gama de incentivos económicos y políticas públicas orientadas a fomentar la natalidad. Estas medidas incluyen transferencias directas de efectivo por nacimiento, subsidios mensuales por hijo, financiamiento de tratamientos de fertilidad, apoyo estatal para el cuidado infantil y programas de asistencia habitacional dirigidos a parejas jóvenes. Asimismo, el país cuenta con esquemas de licencia parental entre los más extensos del mundo, que en conjunto pueden alcanzar hasta tres años compartidos entre ambos padres. A nivel local, algunos gobiernos municipales e incluso grandes empresas han complementado estos esfuerzos con paquetes de apoyo que, en ciertos casos, ascienden a decenas de miles de dólares.

Sin embargo, a pesar de este despliegue de recursos —que ha implicado un gasto acumulado de cientos de miles de millones de dólares desde principios de los años 2000—, los resultados han sido limitados. Corea del Sur mantiene la tasa de fertilidad más baja del mundo desarrollado, lo que muestra que el problema trasciende los incentivos monetarios. Diversos análisis coinciden en que las causas principales se encuentran en factores estructurales: el alto costo de la vivienda, la presión del sistema educativo, las largas jornadas laborales, la inseguridad económica de los jóvenes y los costos de oportunidad asociados a la carrera profesional, especialmente para las mujeres. En otras palabras, el Estado puede ofrecer bonos por nacimiento o subsidios familiares, pero esos apoyos difícilmente compensan una estructura social donde tener hijos implica mayores gastos, menor movilidad laboral y una presión económica sostenida durante décadas.

El problema de la vivienda es uno de los factores más visibles de esta crisis. Aunque Seúl, capital de Corea del Sur, no suele aparecer como la ciudad más cara del mundo en precios absolutos —por debajo de mercados como Hong Kong, Nueva York, Londres o Singapur—, sí figura de manera consistente entre las ciudades más inaccesibles cuando se compara el precio de la vivienda con los ingresos promedio de la población local. Esta diferencia es fundamental: una ciudad puede ser menos cara que Nueva York en términos nominales, pero aun así resultar más difícil de habitar para sus propios ciudadanos si los salarios locales no crecen al mismo ritmo que los precios inmobiliarios. Esta presión se agrava porque el área metropolitana de Seúl concentra cerca del 50% de la población del país: sumando la ciudad, sus núcleos satélite, el puerto de Incheon y la provincia circundante de Gyeonggi, la región alberga a más de 26 millones de personas.

La presión habitacional surcoreana se agrava por el sistema de arrendamiento conocido como jeonse, que exige depósitos iniciales excepcionalmente altos, en ocasiones equivalentes al 50% o incluso al 70% del valor del inmueble. Para una pareja joven, esto implica reunir una cantidad de capital enorme antes siquiera de acceder a una vivienda estable. A ello se suma la concentración de empleos, universidades, hospitales, redes corporativas y oportunidades profesionales en el área metropolitana de Seúl, lo que eleva la demanda en una zona geográficamente limitada. En este contexto, el acceso a vivienda no es solo un problema inmobiliario, sino una barrera central para la formación de familias, la independencia de los jóvenes y la reproducción demográfica del país.

Así, la crisis de natalidad de Corea del Sur se debe en buena medida al alto costo de vida en sus ciudades, factor que la ha convertido en uno de los países con la tasa de natalidad más baja del mundo. El problema, sin embargo, proviene del propio modelo que convirtió a Corea del Sur en una potencia industrial y tecnológica: ese modelo también produjo una sociedad altamente competitiva, concentrada y costosa, donde las decisiones familiares están condicionadas por el empleo, la vivienda, la educación y el prestigio social. Sus grandes conglomerados, como Samsung, siguen siendo motores de crecimiento y orgullo nacional, pero también forman parte de una estructura que concentra oportunidades y eleva la presión sobre quienes intentan acceder a ellas. Esa es la paradoja central de Corea del Sur: un país desarrollado, rico y tecnológicamente exitoso, pero atrapado en una crisis social que revela los costos internos de su propio modelo de crecimiento y de concentración económica.

En el centro de ese modelo se encuentran los llamados chaebols, término utilizado en Corea del Sur para referirse a los grandes conglomerados familiares que dominan sectores enteros de la economía nacional. La palabra suele asociarse con la idea de “clan” o “familia de riqueza”, y describe a grupos empresariales como Samsung, Hyundai, SK Group y LG, cuya influencia rebasa ampliamente el ámbito corporativo. Aunque muchas de sus principales subsidiarias cotizan en bolsa, el control real suele permanecer concentrado en las familias fundadoras mediante estructuras accionariales complejas, participaciones cruzadas y control administrativo. Esta combinación entre cotización pública y control familiar ha permitido que los chaebols operen como corporaciones modernas en los mercados financieros, pero con una lógica de poder hereditaria que en muchos sentidos se asemeja a una dinastía empresarial.

Esta concentración no implica que esas empresas sean la única fuente de ingresos del país, pero sí refleja el peso agregado de sus ventas, exportaciones, inversión, empleo, cadenas de suministro y posición estratégica dentro del aparato productivo surcoreano. En un país donde el éxito económico se construyó mediante planificación estatal, industrialización dirigida y apoyo selectivo a grandes empresas nacionales, los chaebols se convirtieron en el vehículo principal del desarrollo, pero también en una de sus fuentes más persistentes de desigualdad y dependencia estructural.

Durante décadas, estos conglomerados fueron celebrados como los motores fundamentales del “milagro económico” surcoreano. Después de la Guerra de Corea, el país era uno de los más pobres de Asia; pocas décadas más tarde, se había convertido en una potencia industrial y tecnológica capaz de competir con Japón, Estados Unidos y Europa. Sin embargo, la crisis financiera asiática de 1997 puso en duda la solidez de ese modelo. Muchos chaebols estaban altamente endeudados, dependían de créditos preferenciales y mantenían estructuras empresariales demasiado diversificadas y opacas. La crisis reveló los riesgos de una economía que dependía en exceso de un pequeño grupo de conglomerados capaces de crecer rápidamente, pero también de transmitir sus problemas financieros al resto del sistema.

En la actualidad, la percepción pública hacia los chaebols es altamente ambivalente. Por un lado, muchos surcoreanos reconocen que empresas como Samsung, Hyundai, SK y LG permitieron que Corea del Sur pasara de la pobreza de posguerra a la élite industrial mundial. Por otro lado, existe una preocupación creciente por su dominio económico, su capacidad para influir en decisiones políticas y su papel en la reproducción de una sociedad extremadamente competitiva. Las familias que controlan estos conglomerados forman parte de la alta sociedad surcoreana y mantienen una relación históricamente cercana con el gobierno, beneficiándose de subsidios, incentivos fiscales, garantías de crédito, protección frente a competencia extranjera y acceso privilegiado a contratos estratégicos. Esa cercanía ha generado protestas masivas y críticas por corrupción, especialmente porque una parte importante de la población considera que los chaebols tienen una influencia excesiva sobre las elecciones, la regulación, la justicia y las prioridades económicas del país.

El caso de Park Geun-hye, presidenta surcoreana de 2013 a 2017, ilustra con especial claridad esta relación entre poder político y conglomerados. Park, hija de Park Chung-hee —el dictador que gobernó Corea del Sur durante las décadas de 1960 y 1970 y que es considerado uno de los arquitectos del sistema de industrialización basado en chaebols—, fue destituida el 10 de marzo de 2017 tras semanas de protestas masivas. Su caída estuvo vinculada a acusaciones de abuso de poder, soborno, coerción y filtración de secretos de gobierno, en un escándalo que involucró a grandes conglomerados y a su cercana colaboradora Choi Soon-sil. En abril de 2018, Park fue sentenciada inicialmente a 24 años de prisión, aunque solo cumplió alrededor de cinco años antes de recibir un perdón presidencial durante el gobierno de Moon Jae-in.

-El rápido crecimiento económico surcoreano también ha convivido con fuertes tensiones políticas y sociales.

Uno de los elementos centrales del caso de corrupción de Park fue la participación del chaebol Samsung. El conglomerado fue acusado de realizar aportaciones por alrededor de 36 millones de dólares a fundaciones vinculadas a Choi Soon-sil, amiga cercana de Park Geun-hye, a cambio de apoyo gubernamental para una fusión corporativa considerada estratégica para la sucesión y consolidación del control de la familia Lee dentro del grupo Samsung. La operación buscaba fortalecer la posición de Lee Jae-yong —heredero de Samsung y una de las personas más ricas de Corea del Sur— sobre el conglomerado. Como consecuencia, Lee fue arrestado y sentenciado a dos años y medio de prisión, aunque cumplió aproximadamente un año antes de ser liberado y posteriormente indultado. Para muchos surcoreanos, el caso confirmó una percepción extendida: los chaebols no solo son empresas privadas, sino centros de poder capaces de influir en el Estado, en los tribunales y en la dirección económica del país.

La influencia de los chaebols también se expresa en el mercado laboral. En Corea del Sur, una parte importante de la población aspira a trabajar en Samsung, Hyundai, SK o LG porque estos conglomerados son percibidos como la vía más segura hacia estabilidad económica, prestigio social y calidad de vida. Esta concentración de oportunidades laborales intensifica la competencia educativa desde edades tempranas. El acceso a universidades de élite y a empleos dentro de los grandes conglomerados se convierte en una especie de carrera nacional, alimentando un sistema escolar extremadamente competitivo, jornadas de estudio prolongadas, altos gastos familiares en tutorías privadas y una presión social considerable. Esta dinámica ayuda a explicar por qué los problemas de salud mental, estrés juvenil y suicidio tienen un peso tan fuerte en la sociedad surcoreana.

La situación de consolidación económica en Corea del Sur se agrava aún más porque los cuatro grandes chaebols —Samsung, Hyundai, SK Group y LG— no dominan solo una industria específica, sino múltiples sectores al mismo tiempo. Samsung, el más grande de todos, es conocido internacionalmente por Samsung Electronics, su subsidiaria tecnológica y uno de los mayores fabricantes de semiconductores del mundo, pero el grupo participa también en seguros de vida, seguros generales, construcción, ingeniería, biotecnología, farmacéutica, servicios financieros, hoteles, tecnologías de información, servicios editoriales y salud. LG, además de electrónica y electrodomésticos, tiene presencia en químicos, materiales, farmacéutica, biotecnología, servicios financieros y energía. Hyundai es reconocido por sus marcas automotrices Hyundai y Kia, pero también participa en construcción global, acero, logística, transporte marítimo, energía y servicios financieros. SK Group, por su parte, tiene una base fuerte en petroquímicos y energía, pero también opera en telecomunicaciones, biotecnología, semiconductores y servicios financieros. Su subsidiaria SK Hynix es el segundo mayor fabricante del mundo de memoria DRAM —los chips que permiten funcionar a computadoras, teléfonos y a los sistemas de inteligencia artificial—, únicamente por detrás de Samsung Electronics.

Esta diversificación extrema es una de las características más distintivas del capitalismo surcoreano. A diferencia de conglomerados occidentales que suelen concentrarse en una industria principal o desprenderse de negocios no estratégicos, los chaebols tienden a operar como ecosistemas empresariales completos. Controlan proveedores, financiamiento, construcción, logística, tecnología, seguros, comercio y exportación. Esta estructura puede generar eficiencia, coordinación e inversión de largo plazo, pero también reduce la competencia, dificulta la entrada de empresas medianas y concentra demasiado poder económico en pocas familias.

El origen de estos gigantes se encuentra en el periodo posterior a la ocupación japonesa de Corea (1910–1945) y, sobre todo, en la reconstrucción posterior a la Guerra de Corea (1950–1953). Casi todos comenzaron como empresas pequeñas en sectores básicos, de baja tecnología o de servicios; Samsung, por ejemplo, nació en 1938 como una modesta compañía comercial. La diferencia es sobre todo de fechas: mientras Samsung se fundó durante la ocupación japonesa, la mayoría de los demás grandes grupos surgieron en los años posteriores a la Guerra de Corea. Su transformación en conglomerados globales se explica por el apoyo sistemático del Estado surcoreano, los programas de reconstrucción, la ayuda estadounidense y una política industrial que protegió a empresas nacionales seleccionadas frente a la competencia externa.

Samsung, hoy el conglomerado más importante de Corea del Sur, nació en 1938 en Daegu como una pequeña empresa familiar fundada por Lee Byung-chul. Originalmente se dedicaba a la importación y exportación de alimentos y productos básicos, incluyendo pescado seco, frutas, verduras y otros bienes destinados al mercado coreano y chino. Al finalizar la ocupación japonesa en 1945, Samsung ya era una de las empresas coreanas relativamente exitosas, lo que permitió a Lee trasladarse a Seúl en 1947. Sin embargo, el estallido de la Guerra de Corea obligó a la empresa a reubicarse temporalmente en Busan, como ocurrió con muchas firmas surcoreanas durante el conflicto.

Después de la guerra, el gobierno surcoreano adoptó una política de desarrollo basada en proteger y fortalecer a grandes empresas privadas nacionales. Samsung fue una de las beneficiarias de ese modelo. Con acceso a crédito, protección frente a competencia externa y vínculos con el aparato estatal, el grupo pasó de comerciar alimentos y productos básicos a entrar en industrias como procesamiento textil, seguros, valores bursátiles, comercio minorista y manufactura. En ese periodo llegó a operar una de las fábricas de lana más importantes del país, lo que muestra cómo su diversificación comenzó mucho antes de convertirse en una potencia tecnológica.

Durante la década de 1970, el favoritismo empresarial y la estrategia de industrialización surcoreana permitieron que Samsung se expandiera hacia sectores de mayor complejidad. El grupo dejó atrás su imagen de empresa comercial de productos básicos y entró en industrias como construcción naval, maquinaria industrial, televisores, aires acondicionados, cámaras fotográficas y componentes electrónicos mediante subsidiarias como Samsung Heavy Industries, Samsung Electronics, Samsung Shipbuilding y Samsung Precision. Esta expansión fue resultado de una política nacional que buscaba desarrollar grandes empresas industriales capaces de competir en los mercados de exportación y reducir la dependencia de tecnología extranjera.

En la década de 1980, Samsung buscó aumentar su relevancia internacional en tecnología y competir con gigantes japoneses como Sony y Toshiba. Para ello, Samsung Electronics comenzó a invertir de manera intensiva en investigación y desarrollo, entrando con fuerza en semiconductores y telecomunicaciones. Esas inversiones de los años ochenta fueron las que, con el tiempo, transformarían al grupo: dejó de ser solo un conglomerado diversificado para convertirse en uno de los actores centrales de la industria tecnológica global. En la década de 1990, Samsung intentó reducir parcialmente su diversificación extrema, vendiendo o reorganizando algunas subsidiarias para concentrarse en tecnología, ingeniería y química. Aun así, el grupo mantuvo una estructura amplia que hoy le permite influir en numerosos sectores de la economía surcoreana, más allá del tecnológico.

-El crecimiento de Samsung simboliza la transformación de Corea del Sur en una potencia tecnológica global.

El resultado es que Samsung es la empresa tecnológica más importante de Corea del Sur —líder en pantallas, chips de memoria y electrónica de consumo, y con una posición fuerte en teléfonos inteligentes, aunque compite con Apple en ese segmento—, y además conserva un peso enorme mediante subsidiarias financieras, de construcción, seguros y biotecnología. Esta presencia transversal ha llevado a que muchos coreanos vean a Samsung no simplemente como una empresa, sino como una institución nacional, casi una monarquía corporativa. En algunos análisis se señala que los ingresos totales del grupo Samsung equivalen a alrededor del 20% del tamaño de la economía surcoreana, una comparación llamativa que, aunque mezcla las ventas de la empresa con el PIB nominal del país, refleja bien su enorme peso.

De acuerdo con sus resultados de 2025, Samsung Electronics reportó ingresos anuales de unos 333.6 billones de wones (alrededor de 230.000 millones de dólares) y un beneficio operativo cercano a los 43.6 billones de wones (unos 30.000 millones de dólares), impulsada principalmente por el auge de la inteligencia artificial y la demanda de semiconductores de alta gama.

Este peso se extiende a sus subsidiarias fuera de la tecnología. Samsung C&T, la matriz que abarca construcción y energía, registra utilidades netas del orden de los mil quinientos a mil ochocientos millones de dólares anuales, beneficiándose de proyectos de alta tecnología y de los dividendos de sus filiales. En el sector financiero, tanto Samsung Life Insurance —en seguros de vida— como Samsung Fire & Marine Insurance —en seguros generales— figuran entre las mayores aseguradoras del país, con utilidades netas anuales que se cuentan en miles de millones de dólares, consolidando el liderazgo de Samsung en el mercado de seguros coreano.

Aun así, no todas sus divisiones son tan rentables como la tecnológica. Samsung SDI, dedicada a baterías y materiales avanzados, cerró 2025 con pérdidas —una pérdida neta de alrededor de 585.000 millones de wones (unos 410 millones de dólares)—, golpeada por la caída de la demanda global de baterías para vehículos eléctricos. En cambio, Samsung Securities, su brazo de servicios financieros, se mantuvo rentable, con beneficios netos de varios cientos de millones de dólares. En conjunto, estas cifras muestran que la fuerza de Samsung no depende únicamente de la electrónica de consumo, sino de una red diversificada de subsidiarias, aunque no todas escapen a los ciclos de sus respectivos sectores.

Si Samsung es la empresa tecnológica más importante de Corea del Sur, Hyundai es su mayor grupo automotriz. Es, además, el segundo gran chaebol del país, comparte con Samsung una trayectoria de crecimiento vinculado al Estado, reconstrucción y protección industrial. Hoy se le conoce principalmente por Hyundai Motor y Kia, pero el grupo también tiene presencia en construcción, acero, logística, transporte marítimo, seguros, servicios financieros, energía e ingeniería. Su origen fue mucho más modesto. En 1946, después del fin de la ocupación japonesa, Chung Ju-yung fundó Hyundai Auto Service Center, un pequeño taller mecánico que ofrecía servicios a vehículos, incluyendo unidades del ejército estadounidense. Ese vínculo inicial con las necesidades militares y logísticas de la posguerra fue fundamental para su crecimiento.

En 1947, Chung creó Hyundai Construction Company, aprovechando la demanda de construcción derivada de la presencia estadounidense y posteriormente de la Guerra de Corea. Durante el conflicto y la reconstrucción posterior, Hyundai obtuvo contratos relevantes para construir infraestructura, bases militares y obras financiadas directa o indirectamente por el gobierno surcoreano y la ayuda estadounidense. Para finales de la década de 1950, Hyundai ya se había convertido en una de las constructoras más importantes de Corea del Sur. Este ascenso, sin embargo, también estuvo acompañado de controversias. Uno de los episodios más conocidos fue el contrato para la restauración del puente Goryeong en 1953, donde la empresa enfrentó críticas por no contar con la maquinaria suficiente, problemas de calidad, incumplimientos de seguridad y accidentes laborales.

Pese a los problemas con su constructora, Hyundai continuó creciendo gracias al modelo chaebol de apoyo estatal, garantías de préstamo, incentivos fiscales y protección frente a competencia. En la década de 1960, Corea del Sur impulsó una política de independencia industrial en el sector automotriz, restringiendo la capacidad de empresas extranjeras para producir vehículos sin asociación con empresas surcoreanas. En ese contexto, Hyundai fundó Hyundai Motor Company en 1967, su subsidiaria automotriz. Inicialmente llegó a un acuerdo con Ford para ensamblar el modelo Ford Cortina en la planta de Ulsan, destinado al mercado doméstico surcoreano. Sin embargo, las restricciones del acuerdo, especialmente la imposibilidad de exportar libremente los vehículos producidos bajo licencia, llevaron a Hyundai a romper con Ford en 1974 para desarrollar una marca propia.

Después de terminar su relación con Ford, Hyundai se asoció con Mitsubishi para adquirir tecnología y conocimiento industrial que le permitieran producir automóviles bajo su propia marca. De esa etapa surgieron modelos como el Hyundai Pony y posteriormente el Hyundai Excel, vehículos económicos que tuvieron éxito en mercados internacionales y permitieron a Hyundai convertirse en un exportador relevante. Con el paso de las décadas, Hyundai Motor expandió su producción, mejoró calidad, diversificó modelos y consolidó su posición global. La adquisición de Kia en 1998, tras la crisis financiera asiática, terminó de convertir al grupo en el actor dominante de la industria automotriz surcoreana. Actualmente, Hyundai Motor Group se encuentra entre los mayores fabricantes de automóviles del mundo, por detrás de gigantes como Toyota y Volkswagen.

-Hyundai forma parte del ascenso de Corea del Sur como potencia industrial y automotriz global.

Hyundai comparte con Samsung ese mismo modelo de diversificación, y su peso económico se refleja también en sus cifras corporativas al cierre de 2025. De acuerdo con los informes financieros presentados en enero de 2026, Hyundai Motor obtuvo una utilidad neta de aproximadamente 7,165 millones de dólares, mientras que su socia Kia registró 5,250 millones. Estas cifras, aunque menores a los récords de años anteriores por el impacto de los aranceles estadounidenses, muestran una notable capacidad de generar beneficios frente a las presiones de la competencia global.

Por su parte, Hyundai Mobis, el brazo tecnológico y de autopartes, obtuvo en 2025 una utilidad neta de aproximadamente 2.560 millones de dólares, junto con cifras récord de ingresos, lo que lo consolida como el mayor proveedor de componentes del grupo. En el sector de la construcción naval, la filial HD Korea Shipbuilding —que agrupa a los astilleros del grupo HD Hyundai, entre ellos HD Hyundai Heavy Industries, el mayor del mundo— tuvo un año excepcional: su beneficio operativo se disparó cerca de un 172%, hasta unos 2.660 millones de dólares, un récord histórico impulsado por la fuerte demanda de buques de gas y de bajas emisiones.

En contraste, otras divisiones del grupo atravesaron un año más difícil. Hyundai Steel, la siderúrgica, apenas alcanzó el equilibrio, golpeada por la caída de los precios y la débil demanda de acero, mientras que Hyundai Marine & Fire Insurance se vio afectada por un aumento de los siniestros en el sector automotriz. La unidad de logística, Hyundai Glovis, se mantuvo sólida. En conjunto, estas cifras muestran que Hyundai no es solo un fabricante de vehículos, sino un enorme conglomerado industrial que abarca desde la producción de acero y la construcción naval hasta la logística y los servicios financieros.

El caso de Hyundai también muestra cómo el modelo chaebol produjo empresas de escala global, pero al costo de una fuerte concentración económica. La protección estatal permitió crear campeones nacionales capaces de competir con empresas japonesas, estadounidenses y europeas. Sin embargo, también limitó el desarrollo de un ecosistema empresarial más plural, donde empresas medianas pudieran competir en igualdad de condiciones. En sectores como automóviles, construcción, logística o acero, Hyundai no solo participa: estructura buena parte del mercado.

Los chaebols, en conjunto, se beneficiaron durante décadas de sus vínculos con el gobierno surcoreano. La política industrial del país permitió transformar empresas pequeñas en gigantes globales mediante crédito dirigido, subsidios, incentivos fiscales, contratos públicos, protección comercial y apoyo diplomático. Este modelo fue eficaz para industrializar rápidamente al país, pero también produjo una economía donde la competencia interna quedó limitada por la escala y poder de los conglomerados. La crisis financiera asiática de 1997 demostró los riesgos de esa concentración: endeudamiento excesivo, estructuras corporativas opacas, dependencia bancaria y vulnerabilidad sistémica.

A pesar de que Corea del Sur es hoy uno de los países más avanzados tecnológicamente y una de las mayores economías del mundo —la decimocuarta por PIB nominal, con aproximadamente 1.87 billones de dólares en 2024 según el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial—, enfrenta problemas socioeconómicos profundos. Entre ellos destacan una de las deudas de los hogares más altas dentro del G20, una de las tasas de natalidad más bajas del mundo —0.78 hijos por mujer en 2022—, una población aceleradamente envejecida, desigualdad de ingresos, pobreza entre adultos mayores y una presión educativa y laboral extraordinaria. Estos problemas no se explican únicamente por los chaebols, pero la estructura económica concentrada sí contribuye a intensificar la competencia social, limitar oportunidades fuera de los grandes grupos y reforzar una percepción de que el éxito depende de ingresar a una élite corporativa estrecha.

La corrupción política ligada a los chaebols también ha sido una constante en la historia moderna surcoreana. Desde la consolidación del Estado surcoreano, varios presidentes han enfrentado investigaciones, destituciones, arrestos o condenas, y la relación entre grandes conglomerados y poder político ha aparecido repetidamente en casos de soborno, financiamiento irregular, malversación y tráfico de influencias. El hecho de que al menos cuatro expresidentes hayan sido arrestados por corrupción —entre ellos Park Geun-hye y Lee Myung-bak, este último por sobornos ligados a Samsung— refleja que el problema no es anecdótico, sino parte de una tensión estructural entre democratización política y concentración económica.

En ese sentido, Corea del Sur representa una de las paradojas más importantes del capitalismo contemporáneo: la de un modelo extremadamente concentrado en unas pocas corporaciones. El mismo sistema que permitió al país industrializarse, exportar tecnología, construir marcas globales y convertirse en una potencia económica también produjo una estructura empresarial dominada por unas pocas familias corporativas y vinculada históricamente al Estado. Los chaebols fueron motores del desarrollo, pero también se convirtieron en centros de poder capaces de moldear la competencia, el empleo, la política y las expectativas sociales. Por ello, la crisis surcoreana actual no puede entenderse como el fracaso de su modelo, sino como el agotamiento parcial de sus beneficios iniciales: lo que antes aceleró el crecimiento ahora limita la movilidad, concentra oportunidades y profundiza tensiones sociales que afectan directamente la vida cotidiana de millones de surcoreanos.

Fuentes y referencias

  • “South Korea’s Economic Development and Industrial Transformation”, artículo económico disponible en el portal del World Bank.
  • “The Miracle on the Han River”, Encyclopaedia Britannica.
  • “South Korea: Economy and Industrialization”, Encyclopaedia Britannica.
  • “Export-Led Growth and the Rise of South Korea”, Korea Development Institute (KDI).
  • “Chaebols and South Korea’s Industrial Expansion”, Seoul National University.
  • “Technology and Economic Growth in South Korea”, Korea University.
  • “South Korea and the Asian Economic Miracle”, United Nations Economic and Social Commission for Asia and the Pacific (UNESCAP).
  • “Industrial Policy and Economic Modernization in South Korea”, Yonsei University.
  • “Samsung, Hyundai and the Rise of Korean Global Corporations”, World History Encyclopedia.
  • “South Korea’s Manufacturing Competitiveness”, Harvard Business Review.
  • “Innovation and Economic Growth in South Korea”, Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD).
  • “The Development of South Korea’s Semiconductor Industry”, KAIST (Korea Advanced Institute of Science and Technology).
  • “South Korea’s High-Growth Economic Era”, Bank of Korea.
  • “Education and Economic Development in South Korea”, United Nations University (UNU).
  • “The Political Economy of South Korea’s Developmental State”, Stanford Program on International and Cross-Cultural Education (SPICE).
  • World Bank — South Korea Data & Economic Indicators.
  • United Nations — Republic of Korea Economic Development Reports.
  • Encyclopaedia Britannica — South Korea.
  • Encyclopaedia Britannica — Samsung Group.
  • Encyclopaedia Britannica — Hyundai Group.
  • Encyclopaedia Britannica — Korean War.

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